Jugar al golf es una de las experiencias deportivas más completas que existen, no solo por el componente técnico o físico del juego, sino también por el entorno en el que se desarrolla. Sin embargo, precisamente ese entorno (al aire libre y durante varias horas) hace que haya un aspecto que muchos jugadores siguen subestimando: el cuidado de la piel.

Una ronda de golf puede prolongarse fácilmente durante cuatro o cinco horas. Durante ese tiempo, el jugador está expuesto de forma continuada a la radiación solar, incluso en días en los que el cielo no está completamente despejado. A diferencia de otros deportes, donde la actividad se concentra en espacios cerrados o con pausas frecuentes en sombra, el golf implica una exposición constante, sin apenas protección natural.

Esto cobra aún más importancia en campos situados en zonas abiertas o de montaña, como es el caso de Fontanals Golf Club, donde la altitud y la claridad del aire pueden intensificar la radiación ultravioleta. En estos entornos, la sensación térmica puede incluso engañar al jugador, haciendo que el riesgo de exposición sea mayor de lo que parece.

Los especialistas en dermatología coinciden en que el golfista habitual debería incorporar la protección solar como parte de su rutina, igual que prepara los palos o revisa el estado del campo antes de salir a jugar. No se trata solo de aplicar crema solar antes de iniciar la partida, sino de entender que la protección debe mantenerse a lo largo de toda la jornada.

El golf, en este sentido, está evolucionando hacia una mayor conciencia del bienestar físico. Cada vez más jugadores incorporan hábitos más responsables, entendiendo que el rendimiento deportivo también depende de la salud a largo plazo. Cuidar la piel no es una cuestión estética, sino una parte más del cuidado integral del deportista.